12 febrero, 2008

LA NUEVA ESPAÑA 10-02-08 Destino: Gallinero


LA NUEVA ESPAÑA acompañó a Elena García en una de sus maratonianas jornadas por el concejo de Salas. Es la cartera con el servicio de correos más duro de Asturias: entrega una media de 450 cartas al día en 105 kilómetros de distancia, que recorre cuesta arriba.

RAQUEL LÓPEZ MURIAS
FOTOS: MIKI LÓPEZ
Ciento cinco kilómetros al día en un Ford Fiesta gris con 454 «viajeros» en el asiento de atrás. Destino: Galli­nero, y sin miedo al vértigo.
Elena García Fernández es la cartera que más kilóme­tros recorre de Asturias, un total de 105 al día y ni se plantea cambiar el recorrido; su trabajo pudiera llegar a verse como una calcomanía que se repite un día y otro pero nada de eso, la desidia ella la vive con gusto. Elena García tiene 58 años y podría haber sido guardia civil pero no, los tres centímetros que le faltaban para poder opositar a la Benemérita fueron los mismos que hoy le han convertido en una de esas carteras entrañables de Asturias, casi casi irremplazable. Lleva 27 años trabajan­do en el servicio de Correos y once repartiendo en el con­cejo de Salas, sólo los perros la hacen, a veces, recular, pero lo soluciona tirando de bocina «ellos ya saben que yo siempre pito dos veces», explica. Por mucho que Elena García quiera restarse méritos cualquier persona que pase con ella un día de trabajo es consciente del esfuerzo que conlleva repartir una media de 450 cartas por un recorrido que cuenta con tramos donde la hierba marca la línea que divide los imaginarios carriles y que te lleva hasta la casa del Carayo, que era verdad que existía, y donde mires hacia donde mires sólo se ven los eólicos de Pico de Gallo haciendo cosquillas al cielo y donde, también, hay que ir a llevar una carta.
Elena García nació en Madrid y con 21 años se convir­tió en cartera. Ella siempre quiso trabajar y llevar unifor­me; después de varios años repartiendo correspondencia en Tineo, hoy Salas es el lugar en el que quiere jubilarse, resta importancia a los kilómetros y ensalza con cariño la cercanía de la gente que le abre las puertas de su casa cada día, para ella «es impagable». No pudo ser guardia civil pero hoy camina airosa vestida de azul y amarillo entre las aldeas de Salas. A gusto con su trabajo, recono­ce no tener mucho tiempo libre, pero disfruta «hasta con las piedras» igual que Mario Jiménez lo hacía llevando las cartas a Neruda.
De Salas a Gallinero. El recorrido diario de Elena García, seis horas para cubrir 105 kilómetros y lo mejor, «el tiempo para pensar». Dice la cartera que es un privile­gio que no tiene mucha gente, aunque mirando la monta­ña de cartas que lleva clasificadas en su coche casi parece imposible que entre tanto bulto queden algunos minutos para soñar, «lo que hoy reparto no es nada, antes se traba­jaba muchísimo más», explica.
Elena García no sabía que ella era la cartera que más recorrido diario tenía en Asturias, pero acepta gustosa ser la protagonista de este reportaje y sólo exige una cosa «la verdad es que yo lo tengo controlado», una afirmación que ensalzan todos los fieles de su correspondencia que le van regalando huevos y castañas para tenerla bien cuida­da. «¿Vate bien, Elena?», le pregunta Jesús Méndez, un ganadero de El Barrio a la puerta de su casa de aldea.
El trabajo del cartero rural nada tiene que ver con el del cartero que reparte en ciudad, aquí lo que menos importa es el volumen de cartas, los tiempos se miden en kilómetros de ida y vuelta.
A las ocho de la mañana Elena García sale de su casa; vive en Salas y aunque podía haber estado en otra oficina como directora ha preferido quedarse aquí, cerca de sus seis hijos y cerca de sus amigos, a quienes asegura irá a visitar para tomar un café «cuando me jubile». Una hora es el tiempo necesario para ir clasificando la correspondencia, que va amarrando con gomas. Su memoria curtida le permite conocer a todos los destinatarios de correo sin tener que recurrir al listado «siempre tuve buena memoria eso, fue lo que me salvó a la hora de sacar las oposiciones que, por cierto, las aprobé a la primera», comenta la repartidora. Sobre las nueve de la mañana Elena García carga su coche, un Ford Fiesta gris que se pasa media vida en primera para poder subir desahogada las caleyas «¿ves aquellas brañas?, pues hasta ahí vamos a ir».
Comienza el recorrido, la primera parada se hace en el pueblo de Priero, en las casas que tienen buzón se acaba deprisa; cuando no, doble pitido en el Ford Fiesta y ense­guida sale la vecina «buenos días, aquí te dejo la corres­pondencia, recuerda que tienes que poner el buzón, que ya sabes que el perro suelto no me gusta nada», dice la cartera rural mientras explica que el perro de este vecino de Mallecina es el descendiente del que un día le mordió en una pierna «desde aquella, reparto con botas altas ¿no
ves las que llevo hoy?». Pero no todos los animales son enemigos del cartero, la vaca pinta de José Braulio García ya conoce a la cartera y de verla todos los días muge cuando llega y arrima el hocico para hacer amago de alcanzar la correspondencia.
En los pueblos de Salas las caleyas se estrechan y se retuercen y parece que puede uno quedarse atascado en cualquier codo con un perro lobo mirándote fijamente - como el que mordiera a Elena García- y detrás de un car­tel que no invita a la tranquilidad «cuidado con el perro, muy malo», pero con los años el cartero va formando parte de la vida del pueblo y hasta los perros empiezan a darle al rabo y las vacas mugen cuando se acerca...
Continúa el viaje, siempre hacia arriba, y la siguiente parada es en Centiniegas. La cartera también empieza a disfrutar del silencio, a pensar en voz alta «los pueblos han mejorado mucho en los últimos años, la gente de fuera ha venido y ha comprado hasta los pajares», cuenta Elena García, a la vez que señala una casona rehabilitada de la que ella ha dado parte a unos maestros que han venido a trabajar a Salas «al final aquí sabes un poco de todo», explica. En Centiniegas los vecinos también quie­ren a su cartera, lo mismo que en Priero y en Mallecina: ella sabe si hay que dejarles las cartas encima del enfriadero de la leche o si es mejor meterlas por debajo de la puerta; a veces también es preferible que el destinatario no esté en casa, y es que últimamente las cartas de los familiares han ido mermando y suele aparecer correspon­dencia de bancos, gestorías o lo que es peor, de Tráfico «ay, ay, ay... hoy ya no te vemos tan guapina», le espetan los vecinos de Salas a su fiel cartera.
La Asturias rural es tan inconexa como dispar y tan maliciosa como maravillosa; de esto sabe bien la profe­sional del correo, que cuenta cómo en las brañas la gente «sabe el doble que nosotros», aunque hoy, once años des­pués de empezar el recorrido que le lleva cada día hasta el núcleo de Gallinero, donde los tendales penden de una abismo, Elena García ha conseguido conectar con esta gente que dice que un día le puso a prueba. «Primero me contaban algunas cosas y esperaban a ver cómo reaccionaba, pero hoy querémonos mucho todos». La cartera salense cuenta que muchos de sus vecinos, la mayoría mayores, con­fían en ella para contarle sus pro­blemas y sus preocupaciones y «¿por qué me cuentan a mí esto? porque dicen que saben que todo lo que se habla se queda aquí». Después de muchas cartas, de mucho trae y lleva, la braña ha hecho de ella una más y ella como dice ser «del mundo», tan a gusto con su Ford Fiesta, sus cartas, sus huevos y sus castañas.
Continúa la ruta hasta Malleza, allí se asoma Placer Fernández, que está haciendo una riestra con las panollas de maíz, a recibir a la cartera «cómo la queremos», expli­ca mientras Elena García se encarama por las escaleras de la panera. «¿Qué tal Placer? Tuve con la tu hermana». Carretera arriba continúa el recorrido, reducción a prime­ra en el Ford Fiesta para llegar a Villarín y El Pumar, donde la cartera deja las cartas en los buzones. «Mira, aquí hiciéronme caso, pusieron los buzones», explica Elena García.
Y así, sorteando los perros, dando consejos, escuchan­do las historias de las brañas y escaleyando por las aldeas, reparte a diario Elena García hasta 240 cartas y además llevando un registro meticuloso de otros encargos, como el periódico de un vecino que hoy va en el médico a revi­sión y llevar unos sellos a Malleza a otra vecina que le hizo el encargo el día anterior, o también coger las cartas de los buzones rurales y ponerles el sello, porque en Salas, en la ruta de Elena García, la gente no tiene necesi­dad de ir a comprar el sello a la administración ¡qué va!, basta con que usted deje el importe exacto en el buzón, que ya ella le compra el sello y le timbra la carta.
Elena García nunca piensa en la nueva nor­mativa que asegura que todas las casas que disten más de 250 metros de una vía principal van a quedarse sin correo diario; mientras existan Elenas García la moratoria va a ir dila­tándose, y es que no hay cuesta ni perro que le haga plantearse el dejar de visitar a sus veci­nos ni sus brañas. «¿Cómo no voy a dejarle yo a este hombre el periódico en la bolsa? Si es que está de médico, no me cuesta nada traér­selo a casa» se justifica. Si el día sin corres­pondencia a los pueblos más aislados de Astu­rias llegase, entonces ese día Elena García cogería sus pinceles y pintaría sus brañas, y subiría hasta Gallinero para pensar en voz alta y tomar un cafetín con los amigos hechos por el camino. Y Asturias, si ese día llega, habrá perdido un pedacín de su esencia, tres centí­metros que sirvieron para unir a diario más de 100 kilómetros con la excusa de una carta.