02 octubre, 2008

LA NUEVA ESPAÑA 02-10-08 Confesiones de un estadista


Querido diario: Hoy ha sido un día negro, me cuesta decirlo, en mi carrera política. Mi popularidad parece estar bajando, y eso que me esfuerzo cada día por satisfacer las demandas del pueblo. Había convocado una reunión para explicar los pasos dados por mi equipo, bajo mi sabia dirección, para afrontar esa crisis que se empeñan en decir las malas lenguas que nos asuela, y que yo no veo por ninguna parte -bueno, sí la veo, pero hay que disimular-. Me contaron que había gran expectación y todo tipo de comentarios, oyéndose más aquéllos que reflejaban extrañeza, pues en Paraxes el Gallito de la Quintana, o sea, el menda, solía convocar reuniones justificativas y no explicativas. ¡Ay, pueblo desagradecido!
Siguiendo las recomendaciones de ese gran estadista y mejor amigo, José Blanco -Pepiño para los íntimos-, elaboramos un decálogo de medidas para tranquilizar a los habitantes de la república. Aunque era una de las primeras propuestas del gran gobernante, quedamos en que no íbamos a aludir al tema de sueldos, ya que nuestra entrega y desvelos por el bien común nos hacían merecedores de tales cantidades, y aunque yo quería hacer referencia a los desmesurados emolumentos de nuestros rivales políticos que ostentan el poder en algunos lugares -pocos, por supuesto-, mi equipo me convenció de que el «y tú más» ya no estaba bien visto entre los ciudadanos. No sé, no sé. Aún creo que fue un error.
A la convocatoria acudieron masivamente aves, hortalizas, mamíferos y reptiles. El gallinero habilitado como salón de plenos estaba a reventar. Mi poder de convocatoria es tan indiscutible que no me explico qué pudo salir mal. Pepiño -perdón, José Blanco- nos exhortaba a denunciar, cuando estuviéramos en la oposición, los casos de dispendio de dineros públicos. No es mi caso, dado que estoy en el poder, pero me pareció que calificar a Osgüal de despilfarrador era un buen comienzo. Noté cierto estupor en los rostros de los allí reunidos y comenzaron los murmullos de desaprobación. Sé que no maneja los caudales de la república, pero tanto él como Ramiro andan incordiando siempre a ver en qué se gastan, y es un latazo. Aludí rápidamente al segundo punto: la crítica vacía de contenido de nuestros adversarios, sin aportaciones. Pareció que se tranquilizaban los ánimos, así que, saboreando mi primera victoria, pasé al tercer punto: «Nosotros -ese plural mayestático que tanto me gusta- no huimos del debate económico, sino que lo afrontamos y proponemos medidas?». «¿Qué medidas?» -se oyó a voz en grito-. Para eso sí que no estaba preparado. No había pensado en ningún momento que el pueblo me exigiera datos concretos y ahí estuvo mi error: improvisé. «Consumamos sólo maíz de Paraxes». Mis congéneres me recordaron que nuestra humana nunca había sembrado tal cereal. «Pues obliguémosla, lo hará de grado o por la fuerza». Mi contundencia dejó tan perplejos a los asistentes que me dispuse a cambiar de tema rápidamente antes de que alguno replicara, cuando tuve la mala suerte de que la antedicha, que por allí pasaba y lo había oído todo, soltase un irrespetuoso «¡Anda ya!». Este tipo de comentarios impertinentes son los que hunden cualquier acto político y encienden la cólera de las masas. Llovieron huevos -nefasto acto en épocas de escasez- y los tomates bien maduros nos persiguieron hasta que nos pusimos a cubierto. El peor parado fue Jacinto, que iba a la cola del pelotón defendiendo la retaguardia mientras nos alentaba a correr más deprisa. Muy a mi pesar, calificaría el evento de fracaso, pero no cejaré en mi empeño de gobernar con mano firme los destinos de esta siempre bien amada república, a pesar de sus rencorosos habitantes. Solo tú me entiendes, querido diario.