05 julio, 2006

LA NUEVA ESPAÑA 05-07-06 En los 25 años de vida del Colegio Público de Cornellana



LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

¡Veinticinco años! (...) ¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente! El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos (Amiel, Diario íntimo).El Colegio Público de Cornellana cumple 25 años de vida. Como consecuencia de ello, en el mes de junio, tras la finalización del curso, hubo un acto conmemorativo de tan singular cumpleaños. Tiempo de recuerdo, tiempo de balance y, también, apuesta por el futuro, un futuro que se presenta inquietante en la medida en que el alumnado, como consecuencia del bajón demográfico en estas comarcas, sigue yendo a menos. Pero aun así se pone todo el empeño en que pueda superarse el bache y que dentro de otros 25 años vuelvan a celebrarse unas efemérides tan entrañables y esperanzadas como las que acaban de tener lugar.
Entre las muchas cosas que todos tuvimos presentes, la más relevante fue sin duda el recuerdo del entusiasmo que puso el pueblo de Cornellana para que esta localidad pudiera tener un colegio suficientemente dotado en cuanto a instalaciones y con los servicios necesarios para atender a los niños de la villa y de sus alrededores. Como tantas veces sucede, fue el ímpetu de unos cuantos ciudadanos entusiastas la principal baza para que el sueño llegase a ser realidad, como, en efecto, así fue. Y va a seguir siendo.
Veinticinco años fue también el período en que mi padre estuvo destinado como maestro en la villa salmonera. Parte de esos años yo acudí a dos escuelas, la de La Llerina y las llamadas Escuelas Nuevas. Como consecuencia de ello, se me pidió que interviniese desgranando vivencias rescatadas. Y creo que puedo y debo decir que fue en aquellos años de infancia cuando decidí que una gran parte de mi vida transcurriría también en las aulas, es decir, aquellos años de infancia determinaron que yo optase también por la docencia. La vida era en gran parte entonces el aula y el patio. Detrás de un balón. Cerca del Nonaya y del Narcea. La vida era entonces también el grupo de amigos que siempre está ahí. Con mis compañeros de escuela sucede cada vez que nos encontramos, tanto en grupo como individualmente, el «decíamos ayer» de Fray Luis de León. Por muy distintas que sean nuestras profesiones e inquietudes, entonces se crearon unos lazos que hacen que aquellas amistades entonces forjadas tengan el don de la consistencia y de la continuidad.
Así pues, al evocar los 25 años de la fundación de un colegio que es todo un orgullo para Cornellana, irrumpió también el recuerdo de la etapa anterior. Alguien escribió que la historia es la mochila que llevamos a nuestras espaldas por el sendero de la vida, y que en momentos de confusión la desplegamos como el mapa más fiable que sirve para orientarnos. Y eso fue lo que se me vino a la mente al referirme a aquella etapa anterior, sin perder de vista que, como muy bien dijo Rilke, «mi patria es mi infancia».
Al observar el edificio del colegio público y sus alrededores tuve el deseo de que para la mayor parte de las personas que pasaron por este centro docente el referido inmueble sea una parte muy importante de su infancia, de sus mejores recuerdos, de sus años de ilusión y de inocencia. Y se apoderó de mí también un deseo no menos ferviente de que este colegio tenga una larga vida, acorde con los merecimientos y expectativas del pueblo de Cornellana.
Atalaya de un hermoso valle, enclave de una apuesta ciudadana, el Colegio Público de Cornellana cuenta a día de hoy con todo lo necesario para que los niños de la localidad y alrededores aprendan y se diviertan. Todos deseamos, como diría el poeta, que siga siendo «un arma cargada de futuro».
Antes de concluir este texto quiero hacer mención a un ciudadano ejemplar al que aprecio y admiro, a don Isidro Suárez. Él fue una de las personas que forjó este sueño. Y en los actos conmemorativos estaba ahí, apostando por el futuro.
Si hay una personalidad en estas comarcas que merezca la más alta de las consideraciones por su inquietud y por su civismo, tal distinción debe recaer sobre don Isidro Suárez, al que recordaré siempre como el mejor amigo que tuvo mi padre. Y, detalle no baladí, estamos hablando también de alguien que es -cómo no- maestro de escuela.
Así pues, deseemos larga vida a este colegio. Que es lo mismo que tener las mejores expectativas para el futuro de esta tierra nuestra a la que tanto y tanto le debemos. Y amamos.